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«NO SÉ LO QUE ES DECIRLE A UN NIÑO 'ABRE EL LIBRO POR LA PÁGINA 62'»

Publicado 01/02/2016 17:30:24  | OPINA  | Docentes innovadores  | Noticia 262  | 1280 visitas

Basilio Granados posa con una de sus herramientas educativas.

Basilio Granados, director del colegio Luisa de Marillac (Granada). Con vocación de arquitecto, la vida le llevó a la enseñanza y a su pasión por trabajar en colegios de zonas con riesgo de exclusión.

Basilio Granados (Melilla, 1961) repite una y otra vez que su verdadera vocación es la arquitectura y que llegó a la educación casi de rebote, pero la realidad es muy tozuda y su historial deja poco lugar a la duda: es un maestro de los pies a la cabeza, uno de esos profesionales a los que se adjetiva como 'de raza' para subrayar el estrecho vínculo entre la persona y el oficio.

Basilio es el director del colegio Luisa de Marillac, un centro educativo enclavado en la calle Molino Nuevo, una zona con elevado riesgo de exclusión social -por no emplear términos menos políticamente correctos- donde el colegio representa para el barrio mucho más que el lugar donde los niños pasan sin más cada mañana.

El Luisa de Marillac enseña a leer a sus alumnos, pelea porque tengan una alimentación sana y procura la integración de las familias, muchas veces desestructuradas. En otras palabras, su labor va mucho más allá de la que nominalmente se espera de un colegio. Y al frente, Basilio, un hombre afable, de modales exquisitos, sonrisa permanente y frase apasionada.

«Por entonces no se podía estudiar Arquitectura en Granada y mi familia no tenía medios para mandarme a Sevilla, así que me matriculé en Aparejadores. Duré un año. No me gustó, así que empecé a estudiar Magisterio porque lo veía fácil y me pillaba cerca, aunque tampoco me aportó nada. Fue como un COU largo», explica Basilio, que recibe al periodista en su despacho, una habitación austera pero acogedora situada a la entrada del colegio.

Basilio descubrió que más allá de los métodos de enseñanza tradicionales existía otra manera de educar, «moderna y abierta». «Había un camino científico que quería explorar y me di cuenta de que, más allá de la vocación, había que formarse mucho y avanzar en ese camino», añade.

Probó dos veces con las oposiciones pero no las aprobó. Lo llamaron para una sustitución en un colegio concertado de la Chana y por ahí metió la cabeza al mundo de la enseñanza. Su siguiente destino lo marcó. Pasó un año en un colegio de Motril, en el barrio de San Antonio, uno de los más deprimidos de la capital costera. Allí conoció nuevas realidades -«en Ceuta, donde me crié, no había gitanos»- y se consolidó su pasión por la educación como un concepto global que va mucho más allá de los manuales. «No sé lo que es decirle a un niño 'abre el libro por la página 62'», advierte.

La experiencia de Motril resultó, a la postre, determinante. «Me marcó y me gustó mucho trabajar con una población difícil con la que había mucho que hacer», detalla. Y no olvida aquel primer día de clase en Motril. «Había unos 15 niños de entre 7 y 10 años. No estaba nervioso porque me sentía preparado y confiaba en mi forma de ver la vida. Apartamos las sillas, formamos un círculo y hablamos, nos contamos cosas unos a otros, como en una asamblea», rememora Basilio, que mantiene esa costumbre de dedicar los primeros minutos de cada día en el aula a charlar de un modo distendido con sus alumnos. «Creo que los impresionados fueron ellos», añade.

«Hay días muy difíciles»

El director del Luisa de Marillac asume que en su colegio hay días «muy difíciles», en los que los problemas del entorno «entran en las clases». A veces, los niños «saben más que tú», admite, y en más de una ocasión «se me iban de las manos», algo que el oficio y la experiencia hacen que ocurra cada vez menos.

Basilio nunca se ha arrepentido de trabajar en un colegio así y ya lleva 27 años en este centro. «Te aporta mucho, te forja, forma parte de ti, se genera una simbiosis con los niños, sus familias y el entorno que te cuesta mucho pensar en ir a otro colegio», reflexiona, un punto de vista que seguramente comparten los trece docentes que comparten las tareas formativas con el director. El director del Luisa de Marillac toca el bajo y canta en un grupo, además de matar el gusanillo de la arquitectura dibujando planos a escala. Insiste en que no tiene vocación de maestros, pero como cantaba Rubén Blades: «Si naciste pa martillo, del cielo te caen los clavos».

Aquel rumano que aprendió a leer

Cuando Basilio ha de citar un chaval de su colegio del que se siente orgulloso, no relata el típico caso de alumno que llega a la Universidad. Su ejemplo es más sencillo: «Un niño rumano, que llegó con 10 años y aprendió a leer en año y medio sin cartilla ni manuales. Hoy está en 2º de ESO, aunque apenas puede ir a clase porque ayuda a su padre con la chatarra».

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