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ACOSO ESCOLAR: «ME PEGABAN, ME QUITABAN EL BOCADILLO, ME DECÍAN QUE OLÍA MAL...»

Publicado 13/02/2016 18:27:48  | DENUNCIA  | Acoso escolar  | Noticia 330  | 1397 visitas

Entre los 10 y 11 años se producen los casos más numerosos de bullying.

Un artículo de Yolanda Veiga.

Uno de cada diez niños sufre acoso escolar «de alta intensidad».«El chaval que sufre bullying camina encogido, se cubre con la capucha, mira al suelo, no ocupa espacio...», alertan los psicólogos, que sitúan en los 10 años la edad más vulnerable.


«Cuando tenía 8 o 9 años empezaron los insultos y los golpes. Me pegaban en el patio, en el pasillo... donde les pillara. Una mañana, después de la clase de gimnasia, cogieron el rollo de papel higiénico, lo empaparon para hacer bolas grandes y me las tiraron. Yo me escondí en uno de los váteres pero como por la parte de arriba están abiertos se subieron y siguieron lanzándome bolas. A la hora del recreo me quedaba sola en una esquina pero me acorralaban y yo no sabía qué hacer, estaba como en shock, así que aprovechaban para quitarme el bocadillo y tirarlo al suelo. Me llamaban fea, me decían que vestía muy mal, que olía mal... De tantas veces que me han dicho fea, hasta me lo he creído. Yo misma lo digo».

A Yaiza le ha costado cuatro años (tiene 13) contarlo sin echarse a llorar. Antes se le caían «lagrimones» y corría a refugiarse a su cuarto para no tener que dar explicaciones. «No dije nada en casa pero mis primas se dieron cuenta en el colegio y se lo contaron a mi madre». La adolescente relata su calvario en 'La voz del silencio', un programa semanal contra el bullying que está colgado en la web de la Asociación No al Acoso Escolar

Edgar (14 años) le toca un brazo porque a Yaiza se le quiebra un poco la voz y luego le toma el relevo: «Era distinto a los demás, no me gustaba el fútbol, así que los niños me dejaban aparte. Siempre estaba solo en el colegio, me sentía un bicho raro. Nunca me pegaron pero sufrí acoso psicológico». También Joel (14): «Me decían que era rarito, como llevaba el pelo un poco largo se reían. Había una niña en clase que era como yo, nos entendíamos y estábamos juntos todo el rato que podíamos. Ella era mi espacio seguro».

Yaiza, Edgar y Joel ponen cara al bullying, el acoso escolar al que se puso nombre en inglés hace unos años, aunque los psicólogos prefieren llamarlo 'acoso entre iguales' para no «estigmatizar la escuela». «El punto de inflexión fue el suicidio de Jokin, el adolescente de Hondarribia que se arrojó de madrugada desde una muralla en septiembre de 2004. Además de mediadores del conocimiento los profesores tenemos que dedicar tiempo a mirar a la cara y al corazón a los niños», hace autocrítica José Antonio Luengo, orientador en un instituto de Secundaria y, durante diez años, secretario general del Defensor del Menor de Madrid.

Dice que basta con mirarles cómo caminan. «El niño acosado anda encogido, se cubre con la capucha, mira hacia abajo, lleva los ojos tristes...». Javier Pérez, psicólogo y presidente de la Asociación No al Acoso Escolar, habla de ‘Las tres c’ para detectar el acoso: «Cambios, cuerpo y campana. Los cambios más habituales son que empieza a traer peores notas, golpes visibles, la mochila manchada... El cuerpo quiere decir que camina como comprimido, ocupando poco espacio y lo de la 'campaña' es porque en Cataluña se llama así a las pellas, a las piras, al absentismo escolar».

Diego (11 años) tampoco quería ir a clase. Antes de tirarse desde su casa, un quinto piso en Leganés (Madrid), dejó una nota a sus padres: «Papá, mamá, espero que algún día podáis odiarme un poquito menos. Yo no aguanto ir al colegio y no hay otra manera para no ir». El juzgado de Instrucción 1 de Leganés (Madrid) archivó la causa en diciembre «al no poder determinarse que hubiera habido intermediación de terceros en la muerte del pequeño». Los padres presentaron un recurso para reabrir el caso y lo han conseguido.

Según las estadísticas, uno de cada cuatro alumnos en España sufre acoso escolar de mayor o menor intensidad, una cifra cuestionada por algunos profesionales. Sobre lo que hay consenso absoluto es acerca el porcentaje de los que sufren «acoso de alta intensidad»: en torno al 10%. «Estamos hablando de 200.000 niños», alerta Javier Pérez, que asegura que los casos más numerosos se dan entre alumnos de 10 u 11 años. «Es la preadolescencia, una etapa evolutiva en la que empiezan a formarse los grupos de amigos. En Secundaria, entre los 12 y los 16 años, cuantitativamente hay menos episodios pero son más visibles. En Primaria el acoso se traduce en insultos, empujones, patadas a la mochila... pero en el instituto se sofistica y hasta se graban las palizas. También estamos detectando algunos casos entre críos de 4 ó 5 años. Lo llamamos 'Es mío' porque se traduce en que un niño somete a otro, le hace jugar cuando él quiere, comer cuando él manda...».

En su asociación, que fundó Aurora, una «madre coraje» cuya hija sufrió acoso y ahora es una joven que acaba de terminar Psicología, han empezado una campaña de crowfunding para poder poner en marcha un servicio telefónico de atención a los chavales durante doce horas diarias. «Ahora mismo tengo 180 llamadas pendientes de atender». Están desbordados e impresionados por lo que escuchan al otro lado del teléfono: «Unos niños de 8 años orinaban en un vaso y le obligaban a bebérselo a otro compañero. Y a un alumno de un instituto de Extremadura le han dejado tuerto después de un 'gomazo'. Estuvo tres meses sin moverse en la cama, pero no le han podido salvar el ojo. ¿Y qué dice el director del centro? Pues que no pueden garantizar su seguridad».

Los afectados se muestran muy críticos con las instituciones, desde los colegios, a la Administración. «Miras los informes de la inspección educativa y resulta que los casos de acoso son el cero coma poco por ciento. Viven en otra galaxia, la negación institucional es un síndrome, claro que reconocerlo sería aceptar que el sistema no funciona. Hay profesores magníficos, pero detrás de cada niño acosado hay un maestro o un director que no lo está haciendo bien», advierten desde la asociación.

Y secunda José Antonio Luengo, que también es vicesecretario del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid, y propone reflexionar sobre «el tratamiento que la sociedad da al respeto y a la dignidad». Reflexión que también debe hacerse en las aulas, claro. «Desde hace seis o siete años no valen las excusas. Eso de 'yo no estoy formado', es muy difícil de detectar, no hay protocolos de actuación... Hay muchas herramientas y una magnífica que se usa muy poco, el sociograma. Es una actividad de diez minutos que se hace al comienzo de curso para conocer a los alumnos. El profesor prepara tres o cuatro preguntas: '¿con qué tres compañeros te diviertes más?', '¿con quién no te sentarías nunca en clase?', '¿a quién no llamarían para salir a jugar?'... Las respuestas son anónimas y con ellas se puede saber quiénes son los líderes y quiénes son rechazados y forman parte del rincón».

No funciona como una varita mágica pero puede ayudar en las tareas de prevención. «La violencia no la vamos a poder evitar, pero podemos trabajar en formar personalidades más fuertes, aulas en las que los alumnos se ayuden entre ellos, se den cuenta de quién lo pasa mal... Así se acabará con el acoso». Los especialistas insisten en que los propios menores forman el mejor escudo y mejor defensa. «El acoso escolar es de lo más duro que puede vivir un ser humano, duele a rabiar. Eso de que curte o hace madurar es mentira. Durante años escuchamos muchos casos en el Defensor del Menor y las víctimas siempre nos decían que con que un compañero se ponga de su parte a veces es suficiente. Una sola persona que le llame por teléfono o se coloque delante del agresor. Una agresión intensa hace menos daño cuando sale gente en tu defensa. El apoyo social es fundamental», incide Luengo.

A los expertos no les gusta dibujar perfiles de acosadores y acosados pero reconocen que «el acoso masculino es más bruto, de colleja o patada, mientras que las chicas tienden más a excluir y apartar a sus compañeras».

¿Qué persigue el acosador?

La afirmación personal. Suelen ser pequeños tiranos, chavales populares en el colegio, aunque a veces es un acosador circunstancial. Alguien que saca malas notas y llama la atención metiéndose con un compañero en el patio -explica Javier Pérez-.

Lo que haga el agraviado es lo de menos, no está en su mano frenar el acoso. «A un chaval le llamaban gordo, adelgazó doce kilos y le empezaron a llamar marica. ¿Y qué hacen los pelirrojos que llevan toda la vida aguantando que les llamen 'panocho' o 'zanahoria', se tiñen el pelo? Tampoco vale eso de que se meten con ellos porque son tímidos. Es al revés, son tímidos porque se meten con ellos. Si solo miramos a la víctima la victimizamos más. El que necesita ir al psicólogo no es el acosado, es el acosador, y probablemente así evitemos que sufran más niños o su mujer en el futuro, porque algunos serán maltratadores adultos».

Otros no, otros se reinsertarán. Conoce Javier Pérez algunos casos: «En la asociación tenemos dos chavales, ya mayores, que fueron acosadores y ahora ayudan porque se arrepienten, quieren reparar el daño hecho». Aunque el perdón, a sus víctimas, les llega tarde.

SÍNTOMAS PARA DETECTAR EL ACOSO

En la escuela:

- Son objeto de burlas, bromas desagradables, les ponen motes, les insultan, les molestan...

- Acostumbran a estar involucrados en discusiones y peleas en las que se encuentran indefensos y siempre acaban perdiendo.

- En el juego son los últimos en ser elegidos.

- En el patio suelen quedarse cerca de los profesores.

- No tienen amigos.

En clase:

- Tienen dificultades para hablar.

- Dan impresión de inseguridad o ansiedad.

- Tienen un aspecto contrariado y triste.

- Deterioro gradual del rendimiento escolar...

En casa:

- Vuelven del colegio con la ropa estropeada, con los libros sucios o rotos.

- Presentan señales de golpes y arañazos.

- Dicen que han «perdido» objetos o dinero.

- No quieren ir a la escuela o piden que les acompañen.

- Evitan determinados lugares, determinados días o clases.

- Recorren caminos ilógicos para ir a la escuela

- No son invitados a las casas de otros.

- Tienen pesadillas, trastornos psicosomáticos, cambios súbitos de humor...

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